¿La tecnología está haciendo el mundo menos interesante?


Esta es la calamitosa advertencia que Nicholas Carr ha traído al frente en su último libro. ¿Puede la tecnología hacer el mundo menos interesante? Se pregunta uno de los pensadores más destacados del momento.








Esta es la calamitosa advertencia que Nicholas Carr ha traído al frente en su último libro. ¿Puede la tecnología hacer el mundo menos interesante?  Se pregunta uno de los pensadores más destacados del momento.

The Glass Cage es la última gran obra de Nicholas Carr, un escritor estadounidense que se ha hecho conocido por sus continuas investigaciones y publicaciones relacionadas con el mundo de la tecnología y su impacto letal en las sociedades modernas.

Carr, calificado por muchos como un tecno-escéptico, parte de la siguiente premisa ¿Google nos vuelve estúpidos? en su libro "Superficiales ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?". En esta publicación, el autor apuntala un extenso informe sobre los efectos de la Internet en nuestra mente, cómo contribuye la neuroplasticidad a esta tendencia negativa y superficial, pero sobre todo, cómo la revolución digital está transformando nuestra manera de pensar.

Ahora, Carr vuelve a la carga con otro título controvertido: "Atrapados. Cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas". Está claro que el reconocido escritor ha decidido repetir la misma fórmula para promocionar sus textos.

Carr se encarga de examinar cómo las herramientas, la innovación y la tecnología están cambiando fundamentalmente la forma en que nos comportamos y pensamos.

El problema de la automatización

 



La automatización informática es un concepto muy recurrente en el libro, por lo mismo que es un proceso indispensable en la mayoría de procesos que realizamos desde un ordenador, una portátil, un smartphone o una tableta.

La automatización cambia una parte importante de nuestras vidas  hasta el punto de volvernos perezosos, torpes y escasamente flexibles al momento de afrontar todo tipo de situaciones. En otras palabras, nuestra mente opera y se prepara según los modelos computacionales.

A primera vista uno podría pensar que resulta altamente estimulante, pero no es así. La rapidez con que se ejecutan todas las acciones diarias han provocado una dependencia absoluta de los sistemas inteligentes.

Esto nos vuelve precarios, hay un retroceso cuantitativo hacia una vida aburrida, un mundo menos interesante donde todo se procesa por automatización y dependencia. En otras palabras, el individuo se vuelve un discapacitado de sus propias funciones intelectuales.

"La automatización no se limita únicamente a los sistemas computacionales", reflexiona Carr, pronto se afianzará en la fuerza laboral y mano de obra cualificada. Tampoco significa que todos los trabajos desaparecerán en la siguiente década, pero su capacidad de lectura e interpretación está abasteciendo muchas tareas hoy realizadas por humanos.

Pese a ello, no todo debe ser malo, Carr asegura que uno de los grandes beneficios de la red es que nos brinda una sensación de comodidad, eficiencia y satisfacción. Sin embargo, la tecnología "se debe gestionar con prudencia, haciendo un uso responsable de las herramientas potetentes para enriquecer nuestras vida en vez de empobrecerlas".

En una entrevista concedida  al portal online Salon, el autor de 55 años afirma que se debe sentar una posición más crítica frente a la dependencia de las computadores y teléfonos inteligentes, pues son los que demandan casi toda nuestra atención:

"El efecto más insidioso de la dependencia del software es que se pierden habilidades vitales en el ser humano. Al comienzo se cree que tales habilidades no importan, ya que el equipo puede hacer todo eso por mi".

He aquí el grave peligro que afrontamos como sociedad. El mundo de hoy piensa que "una computadora puede asumir las cosas" a tal punto que reemplace nuestras habilidades y potencialidades. Mientras esto sucede, "se disminuye nuestro sentido del cumplimiento de aprender cosas y ejercitar otros talentos".

Finalmente, Carr apunta a una nueva reflexión que refuerza su tesis de la superficialidad y la vida automatizada: "Uno de los aspectos más problemáticos de la automatización informática es que realmente no entendemos el código o los algoritmos de las plataformas. Usamos la tecnología sin siquiera ser capaz de saber cuáles son las intenciones de los programas que manipulamos".

Confiar en el software sin tomar las precauciones mínimas es otro indicador de la pobreza intelectual que padecemos en esta crisis de la modernidad. ¿El mundo ha dejado de ser interesante?

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